Colombia, tercera del mundo: un talento que va más rápido que la estructura
Por: Mariana López Martínez

La Selección Colombia Femenina Sub-20 hizo historia. El pasado sábado 26 de septiembre consiguió el tercer puesto de la Copa Mundial de la categoría, después de empatar 1-1 con Italia y vencerla 4-3 en la tanda de penales, con Luisa Agudelo como protagonista tras atajar dos cobros.
Es la primera vez que Colombia se sube al podio de un Mundial Femenino Sub-20, superando lo conseguido por aquella recordada selección de 2010. En Alemania, Colombia también alcanzó las semifinales, pero cayó ante Nigeria y posteriormente perdió el partido por el tercer puesto frente a Corea del Sur. Terminó cuarta. Dieciséis años después, la Sub-20 finalmente consiguió esa medalla que había quedado pendiente.
Este logro adquiere todavía más dimensión cuando se mira la historia completa del fútbol colombiano. Este es apenas el cuarto podio de Colombia en una Copa Mundial de fútbol, contando sus selecciones masculinas y femeninas. La Sub-20 masculina había conseguido el tercer lugar en Emiratos Árabes Unidos 2003 y volvió a hacerlo en Chile 2025. Entre ambos resultados apareció el que sigue siendo el mejor desempeño de una selección colombiana en un Mundial: el subcampeonato de la Selección Femenina Sub-17 en India 2022. Dos terceros puestos masculinos, un subcampeonato femenino y, ahora, un tercer puesto femenino. Cuatro podios mundialistas en toda nuestra historia; dos de ellos conseguidos por selecciones femeninas en apenas cuatro años.
El mismo día en que Colombia celebraba el bronce mundialista, Deportivo Cali se coronaba tricampeón de la Liga Femenina tras vencer 4-2 a Independiente Santa Fe y cerrar la final con un global de 7-4. ¿Qué tienen que ver una cosa con la otra? Mucho.
De las 21 futbolistas que representaron a Colombia en Polonia, 14 pertenecen actualmente a clubes del fútbol colombiano: Jimena Ospina, de Internacional de Palmira; Fernanda Viáfara y Lina Arboleda, de Millonarios; Juana Ortegón, Brenda Cardona e Isabella Díaz, de Santa Fe; María José Torres, de Independiente Medellín; Mercedes Martínez y Sara Bohórquez, de Fortaleza; Sofía Ortiz, Catalina Cortés y Saray Marín, de América de Cali; Mariana Mosquera, de Atlético Nacional; y María Alejandra Baldovino, de Junior. Es decir, buena parte de las futbolistas que acaban de conseguir uno de los mejores resultados de la historia del fútbol colombiano se están formando y compitiendo aquí.

Una final que, una vez más, también estuvo acompañada de situaciones que obligan a preguntarnos por las condiciones en las que se sigue desarrollando el fútbol femenino colombiano. El partido de ida tuvo que disputarse en Tunja porque El Campín no estaba disponible, por lo que Santa Fe terminó ejerciendo como “local” lejos de Bogotá. Y aunque cerca de 6.000 personas acompañaron al equipo, resulta inevitable preguntarse si una situación semejante habría ocurrido en una final del equipo masculino. (no creo).
Pero las preguntas no terminaron con el pitazo final. En medio de la celebración del título, jugadoras del Deportivo Cali también se refirieron públicamente a la distribución del premio económico y a la parte que finalmente recibiría el plantel. Que una discusión de este tipo aparezca justamente después de conseguir un tricampeonato vuelve a poner sobre la mesa una contradicción que atraviesa nuestro fútbol femenino: los resultados avanzan más rápido que las condiciones.
Y entonces volvemos al Mundial
Si una generación de futbolistas colombianas es capaz de conseguir un tercer puesto mundialista mientras buena parte de ellas se desarrolla en una Liga que todavía tiene enormes dificultades para ofrecer continuidad, estabilidad y condiciones acordes con una competencia profesional, vale la pena hacernos una pregunta que vaya mucho más allá de celebrar la medalla: ¿hasta dónde podría llegar Colombia si la estructura que sostiene a estas jugadoras estuviera a la altura de su talento?
Porque, además, estamos hablando de futbolistas que apenas rondan los 20 años. El Mundial terminó, pero sus carreras apenas están comenzando. Y quizás ahí esté el verdadero reto: ¿Qué va a pasar con ellas ahora? ¿Tendrán minutos y continuidad en sus clubes? ¿Podrán dedicarse profesionalmente al fútbol? ¿Encontrarán aquí las condiciones necesarias para seguir creciendo o tendrán que salir del país para hacerlo? Y, sobre todo, ¿Cuántas conseguirán completar esa difícil transición entre ser una promesa de las selecciones juveniles y consolidarse en la Selección absoluta?
Luisa Agudelo es quizás uno de los ejemplos más claros de lo que puede significar esa proyección. A sus 20 años ya ha disputado tres Mundiales juveniles, fue campeona de Liga con Deportivo Cali y hoy continúa su carrera en el fútbol estadounidense. Su trayectoria, entendiendo también las oportunidades y el contexto en el que se ha desarrollado, permite dimensionar hasta dónde puede llegar una futbolista colombiana desde muy joven. Pero el verdadero desafío no debería ser esperar que aparezcan casos excepcionales como el suyo, sino construir las condiciones para que cada vez más jugadoras puedan tener procesos largos, estables y competitivos.

Por eso, la medalla no debería ser el final de esta historia. El tercer puesto demuestra que el talento existe, que hay una generación capaz de competir con las mejores del mundo y que el trabajo que se está haciendo en los clubes colombianos también está dando frutos. Ahora el reto es conseguir que ese talento no se pierda en el camino.
Porque quizá la gran pregunta que deja este Mundial no sea qué tan lejos llegó Colombia, sino qué tan lejos podría llegar si sus futbolistas tuvieran una estructura capaz de crecer al mismo ritmo que ellas.





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